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Oficio ardiente de Albano Martins
Toda la obra de este escritor se enriquece a través del conocimiento profundo que tiene de la cultura y la literatura clásica. Sus versos nos seducen con maestría para mostrarnos el universo con el que ha construido su mundo poético. Dentro de este largo camino, la obstinación por la palabra y por su perfeccionamiento es lo que hace de este poeta luso uno de los mejores de su lengua. Ya José Saramago, refiriéndose al famoso Premio Reina Sofía, confesará que “entre los portugueses que ya son candidatos permanentes (algún día habrá de ser), por ejemplo, Albano Martins” y el crítico portugués Eduardo Prado Coelho afirmará que “como autor ha desarrollado una obra de innegable importancia para la literatura portuguesa”. Me uno a las palabras de estos dos intelectuales para reafirmar la envergadura y originalidad de la obra de Martins.
Su poesía nos habla del amor, conjugando al mismo tiempo esa ternura tibia que se mezcla en los volcanes de su vivencia personal, el dolor, la música, la pintura, Oporto, la naturaleza y el mar. Incentivándonos para su lectura, pues, tal como afirma Tomás Eloy Martínez, “la escritura es la envidia sana de la lectura o, más bien, el deseo de prolongar la lectura indefinidamente”, tal como sucede en la poesía martiniana.
El poeta también homenajeó y estudió, en sus ensayos y coloquios, a otros creadores portugueses como Saúl Dias, Raul de Carvalho, José Régio, Alberto de Serpa, David Mourão-Ferreira, entre otros bardos portugueses.
Sin embargo, la presencia de Martins en España no ha sido, hasta el momento, tan conocida. En 1991 se publicó su libro Vertical el deseo en la Revista “Palimpsesto, de Carmona”. Se antologaron recientemente varias de sus poesías en Palma de Mallorca y hoy, gracias a la editorial Germania y a su acierto en publicar el libro Escrito en rojo, ve la luz en lengua castellana. Publicado por primera vez en Portugal en 1999, se trata de un libro que reúne nuevamente poemas de amor, pero es también un viaje al interior del poeta y a su perfección por la palabra.
Todo ello nos invita a volver a las palabras de Juan Gelman, del exhorto, con el que comencé este prólogo, pues la poesía es un oficio ardiente en el cual uno trabaja mientras que, en mi caso personal, se aprende con un gran maestro.
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