Un terremoto ha pretendido borrarnos de la faz de la tierra. Como si eso fuese posible. A nosotros, los iquiqueños al igual que el vino, no nos vence ni la muerte. Aquí estamos de pie una vez más. Asustados, eso sí. Si hasta el mismísimo Arturo Godoy, tuvo miedo antes de subirse al cuadrilátero a vérsela con Joe Louis. Pero, luego se le pasó.
Estaba en una misa, en la catedral. Ayer murió mi amigo Ramón Pérez Opazo, iquiqueño como el que es más. Lo habían traslado desde la Logia hasta la Catedral (adviértase el pluralismo en Iquique, si en el año 1916 a José María Caro, lo agarraron a balazos los anticlericales), para que el pueblo llano y no masónico lo fuera a despedir. Era Ramón de la UDI, pero eso fue un accidente político.
El suelo se mueve. Y se me vienen a la memoria las crónicas de terremotos que he leído sobre todo la del bombero Dimas Filgueiras, cuando narra el terremoto y maremoto de fines del siglo XIX y que deja a Iquique en el suelo. Estaba en la puerta de la Casa de Dios. Estaba en tierra firme y a un paso del cielo. Hice mis cálculos, sumé audacia y resté temores. Bajé los escalones. Crucé la calle. La gente gritaba. Otros lloraban. El cura Órdenes que oficiaba la misa, pedía calma mientras todo se movía. Lo sólido se movía. No se desvanecía en el aire, se movía, literalmente. La modernidad sólida hasta ahí, no más. Me refugié cerca de un auto de los miles que hay.
Cuando escribo, la luz intenta apagarse. Llamé a mi hija que lloraba sin entender mucho eso que Iquique es tierra de campeones, que los sismos cruzan buena parte de nuestra identidad y bla bla bla. Todos bien. A los minutos y como una réplica religiosa, frente a la Catedral, la casa de Dios, un grupo de mujeres evangélicas, interpretaban el sismo como el fin del mundo. Una voz aguda inspirada por el Espíritu Santo (de eso no cabe duda), decía que todo aquello no era más que la voluntad de Dios, un castigo no por velar a un masón en la catedral, sino por adorar imágenes. La Biblia recitada de memoria en medio de llantos de los católicos, en medio del ulular de la sirenas, en medio de intentos nunca logrados de que el teléfono celular (que ahora llega a la Antártica) diera con la llamada.
Llegué a casa a evaluar daños. Una que otra cosa en el suelo. Una pote con pasas en el suelo. Cuadros y botellas vacías que no se quebraron. Eso sí, un daño no lo suficientemente evaluado. Mi cama estaba deshecha, o sea sin hacer. Aún hay réplicas.
Ni el centralismo ni la naturaleza nos han podido exterminar. Y ésta no será tampoco la ocasión.
Estamos bien. El round no fue tan largo. Fuera los seconds. Si supimos vencer el olvido, como no vamos a soportar este aspaviento de la naturaleza. Viva Iquique.
Bernardo Guerrero Jiménez
Sociólogo. Profesor de la Universidad “Arturo Prat”. Entres sus obras: Del Chumbeque a la Zofri (tres tomos); A Dios Rogando, los pentecostales en la sociedad aymara del Norte Grande de Chile; editor de Retrato hablado de las ciudades chilenas; Historia y ficción literaria en el Norte Grande de Chile.
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