Anaquel Austral 
 
 Actas
 Nacional
 Internacional
 Realidad
 
 Publicaciones
 Ensayos
 Crónicas
 Entrevistas
 
 Memorial
 
 Catastro
 Ensayos
 Novelas
 Cuentos
 Entrevistas
 Micrónicas
 Relaciones
 Biografía
 
 Poesías
 Apuntes
 Poemas
 El Poema
 
 Epistolarios

Página Anterior Página Principal Buscar Archivo Correo del lector
Memorial
Secciones
Libertad es abrir el cubo y encontrar la vida
Mi amiga Patricia Bravo
Feliz retorno, maestro Varas
El Tote
Condolencias por la muerte de José Miguel Varas
Raúl Ruiz maestro de visiones
Aristóteles España el poeta que no pudo escapar del hielo
El prisionero número 44.904
Adiós a Guennady Spersky
Isidora Aguirre: la misma, la otra
Isidora Rebelde
Caprichos en borrador
Carlos
Virginia Cox Balmaceda en su centenario
Murió el escritor Guillermo Blanco
Cuando un amigo se va
Ester Matte la dadora
El maestro Gustavo Becerra Schmidt ha muerto
León Ocqueteaux
José Chapochnik cumplió con Gabriela Mistral

Memorial

Versión impresora


Carlos
Álvaro Castillo Granada

                                                           

 

para Gloria Maldonado, mija y compañera

 

                “Como la muerte anda en secreto

                  y no se sabe qué mañana,

                  yo voy a hacer mi testamento,

                  a repartir lo que falta

                  pues lo que tuve ya está hecho,

                  ya está abrigado, ya está en casa”

                                                                                      “Testamento”, Silvio Rodríguez

 

No sé por dónde empezar. Tú sí sabrías cómo. Dirías: “Este es un cuento largo… Este es un cuento corto…”. De inmediato el que te escuchaba, en este caso yo, preparaba su tiempo para coordinarlo con el tuyo. Un buen narrador sabe cómo contar una historia. Yo no lo soy. Creo ser, ante todo, un escuchador. Tú sí. ¿Cómo empiezo a contarla? ¿Diciendo que el jueves pasado recibí un correo tuyo donde me contabas que por fin habías terminado la traducción de las memorias de la primera compañera del comandante Piñeiro y que tendríamos mucho tiempo libre para conversar y vernos, porque yo voy a llegar el lunes 1 de septiembre y tú, desde ya, me estás esperando? ¿O que el sábado, en la mañana, antes de salir caminando a la librería, pensando en caminos polvorientos y en rosas, Gloria, tu compañera, tu Gloria, me hizo llegar una encomienda para ti? La encomienda que siempre llevamos todos los que viajamos a Cuba. Mi morral se transforma, ante la inminencia de la partida, en una jaba de los mandados. O que, después de almorzar con Santiago, mi primer amigo del colegio, con la librería llena de amigos y conversaciones y exageraciones mitómanas y tinto que va y viene en tazas azules y blancas, sonó el teléfono y una vez conocida me dijo:

-Álvaro, es Gastón.

-Gastón… ¿Cómo va todo? (me puse contento. Es el amigo de Carlos. Debe ser para darme una razón para él).

-Mal. Se nos murió Carlos.

-¿Cómo?

-Se murió Carlos.

-¿Cómo así? ¡Si yo me escribí con él antier y Gloria me mandó esta mañana su encomienda y me está esperando!

-Sí, se ahogó ayer en el mar.

¿Por cuál de estas tres posibilidades empiezo a contarnos, Carlos? ¿Por cuál?

Tú te reirías y me dirías con tus ojos brillando mientras te pasas la mano por la frente:

-Alvaritooooo…esta historia no es ni larga ni corta… Empieza por donde tú quieras…

Y yo te miro, me sonrío con los ojos llenos de mar y te digo:

Ester me llevó a conocerte. Creo que fue en octubre de 2002. Me dijo: “Estoy segura que se van a caer bien”. Y así fue. Con solo bajar por el pasillo y entrar a tu casa (que tenía siempre la puerta abierta) y verte, grueso, grandote, bigotón, supe que seríamos amigos. Y empezamos a conversar. Y a reírnos. Te reías con toda la cara. Tu rostro se transformaba. Esa melancolía que a veces te habitaba desaparecía. Y no podíamos hacer más que reírnos. De todo, pero por sobre todas las cosas, de nosotros mismos. ¿Te acuerdas de la vez que unos amigos te mandaron a buscar ron, porque se había acabado ( hace muchísimos años) y entraste a un bar y te encontraste con un borracho que te armó conversación y te pidió, en medio de la nebulosa, que le regalaras los zapatos, y tú le dijiste: “Chico…sólo tengo unos…te regalo más bien las medias…”. Y te las quitaste. Y siguieron los dos bebiendo y se formó un escándalo y llegó la policía y se los llevó a todos detenidos y no entendían por qué tú, siendo colombiano, tenías un carné de identidad cubano, y no querían creerte, y te cortaron los zapatos buscando ya sabemos qué cosa; hasta que llamaron por fin al Comité Central y se dieron cuenta del error, y te creyeron y pidieron excusas, y saliste de la estación, con los zapatos ripiados y sin medias, pero riéndote, con tu socio, borrachos,  y regresaste a la casa de tus amigos y nadie te creyó semejante cuento, todos creyeron que te habías bebido todo el ron. Ese primer día nuestro descubriste que miraba de soslayo los libros de tu biblioteca. Humilde, sencilla, modesta. Como tú eras: las bibliotecas reflejan el espíritu de sus dueños. Me dijiste: “Chico…coge los que tú quieras…mira bien”. Y yo que no, que cómo se te ocurría, si no era pa’ eso que estaba mirando, y tú “que sí, Alvarito, no importa. Yo ya me los leí”. Algo en tu mirada me hizo ver que te ofendía si no lo hacía. Y cogí dos o tres libros. Entre ellos la primera edición de Fiebre de caballos, de Leonardo Padura. Me preguntaste, también, si había leído a John Le Carré. “No, nunca”. “Léete La chica del tambor o El espía que surgió del frío. Esas son verdaderas novelas de espías”. Y ya estabas sacando esos dos libros y “No, Carlos, suave. Tampoco… Yo los consigo en Colombia”. Y te reíste y seguimos conversando los tres. Y lo hice: lo leí y me gustó. Gracias a ti. ¿Y ahora, te pregunto, qué hago con todos los libros suyos que saqué de mi biblioteca y metí en el morral para llevarte a ti, porque sé cuánto los ibas a disfrutar? ¿Qué hago con ellos si ya eran tuyos? Sólo guardé para mí los dos que me recomendaste y El jardinero fiel, porque me hace pensar en Javiera. Sólo en un viaje no pudimos encontrarnos. Estabas muy ocupado en una investigación. Lo fuimos dejando para mañana y cuando nos dimos cuenta ya me iba. Al viaje siguiente nos desquitamos, claro. Siempre había un día reservado para nosotros. Cogía la guagua temprano, al lado de la terminal de trenes y partía rumbo a Playa. Todo el día transcurría sentados, hablando, contándonos cosas. Riéndonos. Siempre llegaba alguien. Las puertas estaban abiertas. Vendedores, militantes, revolucionarios, jubilados, tanquistas, cualquiera… Todos entraban y te llamaban por tu otro nombre, “Jaime”, el que a veces se me revuelve con el tuyo, Carlos. Los recibías con un saludo que era casi un grito y los brazos abiertos. Tu acento era una conjunción de cucuteño-habanero. Cosa más rara. Había que oírlo. En mi vida sólo he conocido a dos personas que merezcan el nombre de “buenos”. Hombres para los que la maldad les es imposible. Más allá de la envidia, la miseria y el rencor. Más allá de todo. Tú eres uno de ellos. El otro ya sabe quién es. Eras un cristiano en el sentido más profundo y verdadero de la palabra: hacer y construir el reino de Dios en la tierra. Una mezcla de Camilo, Martí y San Francisco de Asís. Irradiabas bondad, pureza, bienestar, honestidad sin que esto quiera decir que fueras un santo. No lo eras. Para nada. No podías serlo. Y sin embargo la maldad era ajena a ti. Ahora, en este preciso instante, me estoy riendo con tu risa. Ahora es un cuento corto. En febrero de 2004 lanzamos, en la tertulia de Marilyn en el Ateneo de Línea, el primer libro de Ediciones San Librario en Cuba: ¿Y Fernández? y  otros poemas, de don Roberto Fernández Retamar. No te preocupes: no voy a hacer el cuento largo de la máquina que no llegaba y cómo salimos a buscar una y nos encontramos con la chofer más lenta de La Habana que, para completar, se sentía mal, y casi no llegamos a la presentación. No, ese no. Algo aprendí de ti. El cuento corto es que Carolina, mi compañera de esa época, tenía muchas ganas de conocerte. Ya eras un personaje familiar para muchos de los míos. Escasamente la saludaste. Te fuiste a la puerta de la librería y cuando empezó la molotera de la venta te escabulliste, cual Cochise, en tu bicicleta china. A ella le pareciste, por supuesto, antipatiquísimo. Yo no entendía nada. Días después (ella ya había regresado a Colombia) nos volvimos a ver y te pregunté qué había pasado. Me dijiste: “Chico…lo que pasa es que Carolina es una niña muy linda… Yo no podía dejar de mirarla y, coño, tú eres mi amigo…”. Te hiciste amigo, por supuesto, de mis viejos de Corrales, de Betania, Rolando y Miguelito. Compartían esa bondad, esa generosidad, esa pureza que tienen los cubanos: esa que da sin esperar nada a cambio. Esa que hace iguales a todos. Una vez te dejé en la casa un paquete de café Sello Rojo (entre otras cosas…cómo les gusta a los cubanos ese café…a Leonardo y a Pito, en Santa Clara, los enloquece). Betania te llamó para entregártelo. Fuiste a recogerlo en la bicicleta que cada vez pesaba más. Le dijiste: “Mija…yo ya estoy acostumbrado al café cubano ligado con chícharos…Dividámosla a la mitad…”. Ese eras tú: la generosidad y la solidaridad a ultranza. Eras capaz de dejar de comer para que otro lo hiciera. ¿Crees que no me di cuenta las veces que dijiste que no querías carne porque había un solo pedazo y me insistías, casi obligabas, a que me lo comiera? Bueno como el pan, sí. Bueno como el sol, sí. Bueno como el mar, sí. Otra vez sacaste dos libros que te habían dedicado Juan Gelman y Luis Vidales. Me los extendiste sabiendo que para mí eran un tesoro. “Guárdalos tú, Alvarito…”. El primero (Antología personal) dice: “A Carlos de Juan La Habana/94”. El segundo (Suenan timbres): “Con gusto dedico este ejemplar a Carlos Ojeda Gómez, en recuerdo de nuestras conversaciones habaneras y como testimonio del afecto que despertó en mí su personalidad y la seriedad de su juventud. Su compañero, Luis Vidales. Bogotá, 30/3/78”. Siempre que te preguntaba, antes de viajar, si querías, si necesitabas, que te llevara algo me decías: “Nada, Alvarito…a mí no me falta nada”. Sólo dos veces me pediste algo para ti: un frasco de colbón y una lata de atún. Una sola. Ahora te llevaba tres. Si pedías algo era para otro: unos globos de colores, unas bombas, para los hijos de Sandrita, unas chancletas también para ellos, una caja de alka seltzer para Daniel, tu socio uruguayo (como corresponde a ti también te tocó la misión de hacer firmar las hojitas de todos sus libros, por supuesto). Siempre para los demás. No para ti. La tercera vez que fui a Cuba, en junio de 1996, me crucé varias veces con un hombre delgado de ojos claros que asistió a varias de las charlas del coloquio sobre Paradiso. Siempre andaba con una bicicleta china negra. Después, una noche en Bogotá, al salir de un cine me lo crucé. En la puerta de tu casa donde pegabas las fotos de los seres y los lugares que querías me encontré con una foto suya. Te conté de nuestros encuentros. Me dijiste: “Era mi hermano. Se murió”. Eras, también, el autor de una novela: Mientras llega la hora, publicada por la Editorial Capitán San Luis, en noviembre de 1991. Me diste, me regalaste tu ejemplar con todas las correcciones, el día que nos conocimos. El único ejemplar que había en tu biblioteca. Me escribiste con un lápiz rojo (como corresponde): “Para mi amigo y compatriota, Álvaro, con mucho cariño, Carlos Ojeda”. Después encontré algunos en librerías y te los regalé. Por supuesto tú los regalaste también. Habías vuelto a escribir últimamente unos textos cortos que enviabas por el correo electrónico. Esas pequeñas historias que son la vida. Tus pasos sobre la tierra. Sin pretensión alguna: solo contar y divertir a los amigos. Siempre, también, creíste en lo que yo escribía. Captaste, de inmediato, que lo hago desde el afecto, para no olvidar, para homenajear. Eso es lo que estoy haciendo ahora, Carlos: intento contarte para los demás. Siempre fuiste fiel a tu destino y a tu opción con “los pobres de la tierra”. Leal a la revolución cubana. Cuando decías “Hasta la victoria siempre” te salía del alma, de los cojones, no era una consigna más, un teque vacío. Cubano hasta la médula, aunque dijeras “mija” y no “chica”. El año pasado tuvimos la fortuna de tenerte unos días en Colombia. Tus amigos, tus compañeros del colegio, se reunieron y te invitaron a que celebraras con ellos. Todos los que quedaban de esa promoción de bachilleres. En Cúcuta. Pasaste por Bogotá. Me trajiste una encomienda (qué le vamos a hacer…también de allí vienen…). Antes de partir, tu amiga María Isabel organizó un almuerzo para que nos reuniéramos. Te agarró una gripa violenta. Dijiste riéndote: “Lo que me falta es que no me dejen entrar a Cuba porque crean que es gripe porcina”. No lo era. Estaba también Alfredo, el inventor de Ediciones San Librario, que desde hacía rato quería conocerte. Después supe (esta historia es corta) que el Atlas histórico, biográfico y militar del Che Guevara que él me regaló, tú se lo habías regalado a María Isabel y ella a él. Algo así como un regalo buscando su destino hasta que llegó a mí. Tu libro llegó a mí. Otra vez me río y te veo reír. Íbamos a tener tiempo, Carlos, íbamos a tener tiempo para hablar de tantas cosas… Iba a conocer a Estela, tu gatica recién llegada (¿Dónde estará ahora? ¿Alguien la estará cuidando como tú lo hacías?)… Habías encontrado por fin el amor: Gloria había llegado a tu vida después de más de cuarenta años de espera. Se habían encontrado para amarse y estar juntos hasta el final. Y, mierda, ahora, sólo nos queda recordarte y contarte riéndonos, “mientras llega la hora”, porque la tuya llegó demasiado rápido. Nos dejaste llenos de cuentos: cortos y largos. Te veo ahora en tu casa, sentado junto al librero, dándole cuerda a una maquinita que no sé cómo se llama para que suene (y suena) “La Internacional”. Y la cantas con el alma. “Hasta la victoria siempre”, para siempre, mi querido hermano y compañero. Hombre bueno.

 

Agosto 30 de 2010

 

 

 






Subir
 Referencia
Álvaro Castillo Granada.  "Carlos."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   31 de Agosto de 2010.
 <   >
© Derechos Reservados