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Publicaciones : Crónicas

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Raquel
José Miguel Varas

 

La recuerdo como era hacia 1946, cuando estaba, probablemente, en el quinto año de la Escuela de Derecho y el suscrito era un mechón imberbe de primer año. Era hermosa. Era, creo recordar, blanca y trigueña, si es que ambos matices pueden existir al mismo tiempo. Tenía el pelo de color castaño claro y lo usaba largo, tejido en dos trenzas que coronaban su alta frente. Sus ojos miraban de manera directa. ¿Y de qué color eran sus ojos? ¿Eran verdes, azules, grises, de color té con leche o color topacio? Parecía una campesina ucraniana. O más bien una princesa.

Me enamoré de ella instantáneamente. No fui el único en esos tiempos, y en otros.

Después pasaron los años: abandoné las leyes, conseguí trabajo como locutor de radio, González Videla declaró la guerra a los comunistas y los puso fuera de la ley, miles fueron detenidos y enviados a Pisagua, Neruda andaba clandestino de casa en casa, se desataba la guerra fría. En vista de lo que estaba pasando, muchos jóvenes de entonces decidimos que lo más conveniente y práctico era entrar al Partido Comunista. En el Comité Local de la primera comuna de Santiago, comandado por Julio Alegría, me nombraron encargado de la comisión de propaganda.

Un día me dijeron que fuera a hablar con Volodia. Naturalmente, estaba fondeado. Aunque ya no mucho porque las cosas comenzaban a cambiar. Fui a verlo al pequeño departamento donde vivía, en la calle Rosas, muy cerca del local de la Federación de la Construcción, que algunas vecinas llamaban “un antro de comunistas” y los tiras de la Policía Política, que allanaban periódicamente sin resultado, “La cueva de los Malditos”. Conversamos largo rato, no sé de qué, tal vez de eso que siempre hablan los comunistas: “la situación”. Después me invitó a almorzar. Nos sentamos a la mesa, el dueño de casa, Raquel y yo, en el minúsculo living-comedor, escasamente amoblado. En un cajón manzanero adosado a la muralla había una guagua que se mantuvo todo el tiempo en respetuoso silencio. Tal vez miento y no era un cajón manzanero; tal vez era una cuna en forma de cajón, o un “moisés”. Pero en mi recuerdo siempre y seguirá siendo fue un cajón manzanero. La guagua era Claudio. Debe haber tenido entonces unos seis o siete meses. No soy un experto, siempre me equivoco al calcular la edad de las guaguas. Además la memoria es flaca e irregular.

Pero de Raquel me acuerdo perfectamente. Ya no llevaba aquella guirnalda de trenzas pero estaba tan hermosa o más hermosa que antes. Volví a enamorarme de ella, a tal extremo que no me atrevía a mirarla más que a hurtadillas. Ella hablaba poco y a veces me bañaba en la mirada tibia de sus ojos desmesurados de color indefinible. Me pareció que era muy blanca y noté que sus labios eran gruesos.

Después pasaron otras cosas. En 1954 comencé a trabajar en El Siglo, cuyo director era entonces Orlando Millas. Yo pensaba que iba a ser reportero, que iba a salir a la calle, a los barrios, a las poblaciones, que podría, por fin, conocer la vida de los que viven por sus manos o, en términos más partidarios, establecer contacto con la clase obrera. Millas me puso en Cables, entre otros motivos porque hablaba idiomas y podía hacer uso de diversos materiales internacionales que se recibían. Nada de salir a reportear. Allí pasé encerrado un año entero con los papeles, sentado en una oficina, seleccionando y resumiendo cables. Un tiempo después quedé a cargo de la “volante”, el suplemento cultural de los domingos, donde se publicaban cuentos y artículos, a menudo traducidos por mí del inglés, del francés o del italiano.  

Un día apareció en el diario un joven y flaco estudiante de arquitectura llamado Fernán Meza. Venía llegando de una peregrinación de un año entero por la Unión Soviética, China y Corea. Traía un artículo con frescas impresiones de Moscú, -entre otras cosas de la muerte de Stalin- en un lenguaje tan suelto y natural que decidí de inmediato publicarlo. Lo cierto es que en esos tiempos había poco control en el diario. Como Fernán tenía, según me dijo, múltiples materiales sobre estos viajes, llegamos con él a la conclusión de que podríamos publicar una serie que fuera como un folletín o una novela por entregas. Y así se hizo. A medida que estos episodios aparecían publicados aumentaban las reacciones. Unas fervorosas a favor; otras, aún más fervorosas, en contra. Comenzaron a llegar cartas y, tal vez más grave, a incubarse nubes de tormenta a nivel de Comité Central. El lenguaje y las opiniones del viajero resultaban demasiado desenfadadas y surgían, de manera inesperada, en el diario del Partido en un momento en que se desataban las dudas, las herejías y sus réplicas en todos los confines del mundo comunista.  

Me salto algunos episodios. En 1959 viajé a Praga como corresponsal y a mi regreso, en 1961, me encontré con la novedad sorprendente de que Raquel era ahora la esposa de Fernán Meza. Desde entonces data la amistad intensa, profunda, incondicional (pueden agregarse otros adjetivos de este género) entre Raquel, Fernán y este pecho. A la que en 1964 se sumó mi amada y legítima esposa Iris Largo Farías. Fernán había ejercitado en Raquel su talento de diseñador: ahora tenía cabello corto, retinto y vestía de otro modo. ¿De qué modo? No me lo pregunten, me cuesta definirlo. Estaba más hermosa todavía que antes.

Raquel y Fernán tenían un estilo de vida fascinante. En algo se asemejaba a esa especie de festival perpetuo que creaba Neruda con sus amigos. Pero era diferente. Las sucesivas casas en que vivieron Raquel y Fernán, en la calle Miguel Claro, en Vergara, en EleodoroYáñez, en Las Vertientes e incluso en los últimos tiempos, en la torre de San Borja tenían siempre algo, o mucho, de escenografía, con largas lámparas chinas de tela (o puede que fueran filipinas), mesones sin barnizar, sobre caballetes, penumbra perpetua de luces indirectas, un sillón de mimbre gigantesco, sillas de cocina con asiento de paja y las patas pintadas de azul añil. En estos ambientes mágicos, entre Cocteau y Fellini, hablábamos interminablemente sobre todas las artes, la política del mundo y sus alrededores, los libros, los viajes, las ciudades, los puertos. Nos reíamos sin parar y éramos completamente felices. Nunca olvidaré la risa total de Raquel.

Con frecuencia huíamos a Cartagena en el jeep de Fernán en el que casi nos matamos al ser embestidos por un bus de pasajeros cerca de Melipilla. No sufrimos daños graves. Iris perdió el conocimiento pero lo recuperó al poco tiempo. Otro efecto del choque fue que nuestra hija mayor Anairis, que tenía menos de un año se puso repentinamente a hablar, aunque con poco vocabulario. Repetía: mamá mamá mamá. Éramos rendidos amantes de Cartagena. Nos fascinaban sus castillos con cúpulas de madera apolilladas, las calles con fuerte declive, loa cerros, la belleza de su bahía, la playa chica y la interminable playa grande, los parejas de bañistas populares portadoras de chuicos: ellas metiéndose entre las olas en calzón y sostén llevando “unas sandías y unos melones /con que cautivan todos los corazones”, como dijo Nicanor en La Cueca Larga; ellos, guatones de patas flacas, negros, peludos, en calzoncillos de fina tela de bolsa harinera, que se compraba por metros en El Baratillo de la Vega Chica. Y no se escandalizaba nadie. Recuerdo una vez también a Fernán caminando en calzoncillos largo rato por la arena infecta de la playa grande, porque hacía calor y no tenía traje de baño.

Éramos pobres y felices. Comíamos “gefilte fish”. Cuando había plata tomábamos whisky. Era el símbolo de la felicidad, pero en no habiendo se tomaba vino. O Champagne de Valdivieso. Música de fondo: Fats Waller tocando el piano y cantando “Your feet ‘s too big”.

Por razones que no recuerdo yo viajaba con cierta frecuencia a Valparaíso. Unas de mis misiones era comprar puros y whisky de contrabando en el almacén “El Águila”, un local cavernoso con salida a dos calles, lo que hacía factible el perro muerto. Nunca lo intenté. Compraba a precio muy accesible whisky escocés de marca, destilado y embotellado en origen. Rigurosamente falsificado. Un experto me recomendó observar el fondo de la botella. Si el vidrio había sido cortado para reemplazar el contenido, quedaba la marca en redondo. Cuando volví a comprar, miré el fondo de la botella de auténtico Johnny Walker y vi que había sido cortado. Se lo hice notar al dueño del almacén: “P’tas que’s sapo usted”. No recuerdo si se lo compré de todos modos. El whisky tan anhelado era carísimo en aquel tiempo por efecto de los derechos de internación.

Un tiempo, Fernán y Raquel arrendaron en Cartagena un departamento en los altos de un café llamado “Morocco”, con vista a la playa grande. El dueño del departamento era un ciudadano árabe a quien le causaba desconcierto el nombre de Fernán porque notaba que era un nombre incompleto. Tal vez por eso nunca lo podía recordar y a Fernán lo llamaba “don Alfré”. Un día Neruda nos había invitado a almorzar, pero Raquel estaba enferma, tenía algo de fiebre y decidió quedarse en casa. Fuimos con Iris en un bus del litoral a Isla Negra y le di a Pablo la explicación del caso. Con una típica malicia me preguntó:“¿Qué tiene Raquel en la pierna?”. Le dije: “Nada. Está resfriada”. Luego preguntó: “Y en Cartagena, ¿dónde viven? “ “En un departamento en los altos del Morocco”. “Sí”, dijo Pablo reflexivamente, “Raquel tenía que estar en los altos del Morocco”.

La película “8 y medio” de Fellini nos obsesionada. La vimos juntos seis veces por lo menos. Después yo la vi otras seis veces. Nos sabíamos los diálogos de memoria y los repetíamos en diferentes circunstancias. A Fernán le encantaba el sueño en que Marcello aparece como el amo de un harén. Una de las mujeres llora y se queja porque ha decidido expulsarla debido a la disminución de sus encantos. Él replica fríamente: “É il regolamento, è il regolamento, él il regolamento”. Nos gustaba la Sarracena, aquella prostituta negra y enorme a la que iban a ver, desde cierta distancia, los colegiales. Yo me dedicaba a imitar al intelectual alemán que amargaba a Marcello con sus implacables críticas, dichas en italiano con un pesado acento germánico: “Per affrontare la questione religiosa in Italia bisognerebbe un levello culturale assai piú elevato dal suo”. También disfrutamos enormemente y vimos varias veces “Julieta de los espíritus”. A menudo conversábamos de literatura. Raquel admiraba a Cesare Pavese, sus novelas “El compañero” y “La luna y las fogatas”. Después estuvo largo tiempo leyendo y releyendo el diario de Pavese, que la conmovía de manera singular y la dejaba largo tiempo melancólica. Pasamos por un período suizo, leyendo a Max Frisch y a Friedrich Dürrenmatt. Además hablábamos de Sartre, Camus, Carlos Droguett, Pepe Donoso con quien también se cultivaba la amistad.

Había muchos amigos compartidos, en Cartagena o en Santiago: Luis Enrique Délano y Lola; Inés Frey, Carlitos Monreal; …..

Además de su ilimitada libertad, su capacidad de vivir la vida como una novela de amor, su búsqueda perpetua de la felicidad, aunque durara un instante, era una abogada eximia, aplicada y de responsabilidad ejemplar. Asumía como una causa propia la defensa de los trabajadores y obtuvo en juicios del trabajo trascendentales sentencias que favorecieron a gremios multitudinarios. Con los dirigentes obreros su trato era de igual a igual. Los respetaba y les tenía un cariño especial. Y era adorada por las asambleas. Uno de sus amigos cercanos era Abraham Lillo, el tony Caluga, Presidente del Sindicato Circense. La banda del circo en que trabajaba acompañó musicalmente su matrimonio legal con Fernán, en el departamento de Teatinos 251. Tenía un afecto, un respeto, casi diría un sentimiento de admiración hacia los “viejos” de la clase obrera: Oscar Astudillo, el Cara de Poncho, Juan Vargas Puebla, Chacón, Bernardo Araya, Mireya Baltra. Su sinceridad y la solidez de sus convicciones políticas eran absolutas.

Su audacia y la fantasía de sus decisiones. Cuando Salvador Allende viajó a Nueva York en 1971 para hablar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Raquel y Fernán estaban allí, en casa de Nicanor Parra. Antes de viajar, Raquel se había premunido de mil banderitas chilenas de papel de seda, que compró en la Casa Hombo. Las llevó en su cartera. Y las lanzó al aire desde la tribuna del público en la parte alta del salón sobre las cabezas de los miembros de la Asamblea, justamente cuando Allende iniciaba su histórico discurso. Fue detenida de inmediato por unos guardias descomunales que la arrastraron y la encerraron en una jaula metálica. Otros la interrogaban: “Are you against?” No, no, decía ella. Por cierto, Fernán desconocía totalmente su iniciativa patriótica. Pasaban las horas y no llegaba. La buscaron por todas partes con angustia creciente. Llegó muchas horas después, exhausta y muy afectada porque padecía de claustrofobia.

Intentar evocarla ha sido una enorme emoción.

 






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 Referencia
José Miguel Varas.  "Raquel ."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   27 de Noviembre de 2008.
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