Si hay un principio al cual he intentado aproximarme en mi trayectoria como médico, ha sido el que indica “primum non nocere”, o sea, traducido a este idioma nuestro, que creo más maravilloso que el latín, : ante todo no dañar. Estoy seguro de haber transgredido esta norma algunas veces, pues los seres humanos somos transgresores por naturaleza, por desgracia ensañados sobre todo contra el medio ambiente que nos sustenta. Nuestro mejor profesor es el error No es nada fácil el cumplimiento de esta máxima, dado que en el afán de no dañar nos arriesgamos a dejar al paciente abandonado. Podemos caer en una especie de asepsia pasiva, en una timidez excesiva, aunque la pregunta que aquí cabe es de si no nos atrevemos a dar un paso más hacia delante por miedo a dañar al paciente o por miedo de perjudicarnos nosotros mismos. No existe mayor riesgo en la vida humana que no aceptar los riesgos que la vida trae insoslayablemente consigo. El adulto que nunca se ha arriesgado nació muerto.
El primum non nocere me ha servido para ser parco en la receta, para no caer en el abuso de la polifarmacia, también a veces para callar un diagnóstico o para abrir una pequeña ventana en medio de un pronóstico francamente ominoso. No puedo callar cuando es imperativo el hablar, así que confieso que refiriéndome a un delincuente con título de médico, que trata en otra especialidad a un paciente mío, no he vacilado en decirle: “Trátese con cualquier médico de esa especialidad, pero no con un delincuente”.
Por supuesto que he sido criticado por ello, pero la moral y la ética es siempre algo personal y no el acatamiento de normas escritas por otros. Sencillamente es bueno lo que en realidad creemos que es bueno: Lo demás es hipocresía. Es posible que el arte de la medicina consista en alcanzar ese punto preciso donde está ubicado la conjunción del no dañar y el ayudar. Así mismo, ese punto singular depende de saber lo que el paciente quiere. Si el enfermo incurable desea aferrarse a la vida estamos en la obligación de diagnosticar ese deseo, e invitarlo a celebrar su curación con una cerveza, lo que es mucho más importante que las píldoras paliativas a nuestro alcance. Proceder con la verdad querida, no con la verdad desnuda. Si el moribundo grita con su silencio que quiere conocer su destino aciago, no nos queda más camino que comunicarle su fin próximo y asegurarle que lo acompañaremos hasta el último día.
Jamás debemos revelar sus sentimientos y deseos más íntimos, con la excepción de sus propósitos suicidas u homicidas, pero sí, con su consentimiento, podríamos actuar de intermediarios ante sus seres queridos.
El quehacer médico y por ende el proceso curativo al cual aspiramos requiere (por su limitado alcance) en todas las especialidades de la salsa cautivadora de la poesía. Un poema bien personalizado pude conseguir en minutos más que años de análisis ritual. Y la mejor poesía que podemos entregar a nuestros enfermos es aquella que surge impetuosa, como una llamarada, en la relación médico paciente y que nos revela un particular acercamiento entre ambos. Cosificamos al paciente analizándolo, sobre todo cuando al otro le ponemos el remoquete de “objeto”. No sé cuando los psicoanalistas van a darse cuenta de que “el objeto” es sólo otra parte más de nosotros mismos. Somos en función del yo y de los otros. El yo puro es la más descomunal de las ficciones. Analizar significa desmenuzar, entonces tenemos que reconstruir, (sintetizar lo desmenuzado) y que cosa más difícil es reconstruir, basta que nos equivoquemos en la posición espacial de un aminoácido para que quede la crema, mientras que la poesía, síntesis pura, nos entrega un cuadro del cual el enfermo puede apropiarse, cuadro en el que cada metáfora constituye una pincelada.
En este año que comienza anhelo que logremos acercar a muchos colegas hacia la poesía, en la medida que triunfemos en ello, los estaremos alejando del consumismo, de la indolencia y de la idiocia.
* Médico psiquiatra y escritor: