“Por gracia de hombre” (Lom 2008) se titula el último libro de Verónica Zondek. Las ilustraciones de Guillermo Núñez se integran con tremenda fuerza a las imágenes poéticas de una escritora de prolongada trayectoria que ha sido capaz de hablar desde la raíz, desde los ancestros y del profundo amor filial.
Verónica sustituye la expresión “por gracia de Dios”, gracia divina que puede santificar al ser humano o recompensarlo de sus desventuras en gracia de hombre, gracia o compasión esperanzadora resultante de las más nobles acciones humanas.
La poetisa testimonia mediante su escritura la esencia de su formación ocurrida en plena dictadura. Pertenece a la generación de escritores que en plena juventud vivió la infamia y no se amilanó para salir a la calle y protestar de las más diversas formas.
Pero decir escritura es decir cuerpo y mente que recrean lo vivido con sensaciones, dolores, emociones, trascripción del pensamiento y conciencia plena de poder transmitir lo que un pueblo vive aun cuando carece de medios para expresarlo.
De su perspicacia y sensibilidad que le han permitido escribir cruzando un escarpado sendero dan cuenta sus palabras:
“Todo me toca y me duele y mucho me parece que nada se aprende. La evolución es un deseo falaz y nunca cumplido. La cadena de horrores continúa incólume y todos son yo”.
Pero tal constatación no la desanima, no cae en el lamento y prosigue cantando y contando.
No con orgullo sino a modo de constatación, la poetisa afirma:
“ni Kafka ni Celan ni Vallejo/ni ellas aquí/ la Sommers, la Lispector, la Bombal/se montan en yo mí/para dejarme sola con el alma/entre Mistral la grande y mi cebolla…”
Su hacer poético trasunta la intensa compenetración con el dolor y el sufrimiento trascendiendo toda anécdota. Un lenguaje arcaico no por rico menos austero, le ha permitido erigir un memorial trayendo a un vivo escenario a seres entrañables de nuestra época que encarnan la memoria colectiva y que han nutrido su espíritu. Es así como invoca a Salvador Allende, a detenidos desaparecidos, a Gabriela Mistral, Enrique Lihn, Violeta Parra.Y también a Marina Tsvetáieva, a Alejandra Pizarnik. No olvida a Eduardo Anguita, el anciano poeta quemado en su soledad. Son muchos los que afirman su presencia a través de la escritura de Verónica Zondek.
Ella no se desalienta, prosigue incansable y halla en esos seres que la integran la fuerza creadora.
“Sea así me digo/ y nos toque algo bello por gracia del hombre/ y basten matahambres para ser satisfechos/ en los límites de este territorio”
Licenciada en Historia del Arte de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha traducido poemas del antillano Derek Walcott (Premio Nobel 1992). Autora de trascendentes poemas Con María Teresa Adriasola (Elvira Hernández) realizó la admirable antología de poesía chilena en forma de naipe que merece una reedición (Ediciones Ergo Sum, 1989). Entre sus obras ya publicadas se cuentan: “El ojo atravesado”, “El libro de los valles”, “Vagido”, “Entre lagartas”, “El hueso de la memoria”.